Martes, 19 de septiembre de 2006
La abuela Teresa siempre me conminaba a no perder el tiempo. Si me sorprendía leyendo la prensa, un libro, haciendo un crucigrama o escuchando algo de música, ya sabía el discurso que me esperaba.
Ella era una mujer enigmática y siempre estaba ocupada en cualquier tarea doméstica, también preocupada por cualquier motivo. Aunque decían que tocaba el piano nunca la vi sentada delante de aquel viejo piano que siempre me pareció un mueble decorativo sin más, hasta que descubrí un montón de partituras. Tras el hallazgo me obsesioné con la idea de oírla tocar y así, tras innumerables ruegos y los consiguientes fracasos, me tracé la estrategia de leer, en una vieja enciclopedia, algo sobre cualquier músico y, antes de olvidar lo leído, buscarla y soltarle lo que recordaba. Ella algunas veces rectificaba, otras ampliaba o matizaba mis peroratas papagayas pero siempre atendía, burlona, seria o jocosa.
Mientras cocinaba, cosía o hacía puntos, yo la abordaba con mis inútiles tentativas. Así, le conté algo de Mozart, de Albinoni, a quien presentaba como mi favorito porque una vez escuché el famoso Canon y me impresionó, de Manuel de Falla por ser de su tierra y supongo que de algún otro que ya no recuerdo. Siempre encontré el no por respuesta. Por aquellos años, cuando yo era pequeño, todas las mañanas de los domingos la TVE solía poner concierto de música clásica, creo recordar que de la propia Orquesta de RTVE. Pues bien, allí que me presentaba, en la casa de la abuela, por buscar la complicidad de una cierta afición por la música clásica, pero inútil empeño. Ni por esas la abuela accedió a mis súplicas. Nunca logré que ni tan siquiera hiciera el intento, sólo una vez se escudó en que el piano estaba desafinado.
No pierdas el tiempo era su letanía constante. Antes de morir me contó, con sus azulísimos ojos húmedos y mirándome muy fijamente, que dejó de tocar cuando, allá por los años del alzamiento golpista, mientras tocaba una pieza, hubo una revuelta y secuestraron al abuelo y a tres de sus hijas. Aunque todos recuperaron la libertad, al cabo de unas horas, ella nunca pudo volver a tocar el piano. Un sentimiento de culpa absurdo la paralizaba, tenía que estar ocupada en lo que ella llamaba cosas prácticas.
Si supera que pierdo el tiempo escribiendo un blog, seguro que volvería a regañarme con su triste y dulce voz y, por supuesto, tampoco esta vez tocaría el piano.
Por: Júcaro | General | Comentarios (1) | Referencias (0)
Llanos | 19-09-2006 08:04:17