Viernes, 15 de septiembre de 2006
El Cafe Society no era un club cualquiera. Su propietario, un tenaz luchador antirracista, trasladó su propia personalidad, de respeto y defensa de los derechos civiles, al club de jazz referencia del progresismo neoyorkino de finales de los años treinta. Por allí pasaron, entre otros, Lauren Bacall y Eleanor Roosevelt. Dos mujeres blancas en un club de jazz, en la primera mitad del siglo XX, no era algo frecuente ni bien considerado por la parte racista y mojigata de la sociedad.
Pero si por algo hoy se recuerda el Cafe Society, es por su vinculación con una de las cantantes de jazz más importantes y con una de las canciones más emblemáticas. Allí cantó con asiduidad Billie Holliday, y, para siempre, aquel club se asoció con la canción más demoledora que jamás escuché. Todo acabó, para el Café Society, cuando la gente de orden emprendió la célebre caza de brujas; entonces, su propietario fue detenido y el local cerrado. Pero ya era tarde, para entonces ya se había hecho historia; algunos cayeron en el olvido con su moralina y otros siguen siendo ejemplo de lucha y autenticidad.
Cuentan que en este club de jazz se presentó un día un poeta, y profesor de literatura, de origen judío llamado Abel Meeropol que utilizaba el seudónimo de Lewis Allen. Llevaba un poema bajo el brazo y se lo ofreció a Billie Holiday. El texto era tremendo y la cantante, que había sentido la sinrazón racista en carne propia y en la de su familia, no dudó en aceptar el ofrecimiento. En el local tocaba el pianista Sonny White que le puso música y la propia Billie Holiday fue encargada de ponerle voz y un punto más de dramatismo.
Tristes notas y una atmósfera trágica salen del piano de S. White; lentos y pausados los compases y la conmoción se desborda cuando Billie, más que cantar recita...“Árboles sueños sostienen un extraño fruto./ Sangre en las hojas y sangre en la raíz./ Negras nalgas que se balancean bajo la brisa sureña/ Extraño frutos que cuelga de los álamos./Escena pastoral del noble Sur./ Ojos desorbitados y boca torcida./ Dulce y fresco aroma de magnolia, /y después el brusco olor a carne abrasada. /Allí hay un fruto para que lo arranquen los cuervos,/ para que la lluvia lo empape, para que el viento lo sobe, / para que el sol lo pudra, para que el árbol lo deje caer. / Allí hay una extraña y amarga cosecha” Cuentan que cuando Billie Holliday terminó la canción, los asistentes estremecidos guardaron un silencio sonoro y escalofriante. Cuentan que la conmoción fue tanta que parecían paralizados, que nadie se atrevía a aplaudir para no romper la atmósfera trágica que Lady Day y su grupo habían logrado.
Por supuesto, Columbia, la compañía discográfica de la nueva diva del jazz, renunció a grabar la canción aunque permitió que otra modesta empresa lo hiciera. El disco causó sensación en unos y convulsión en otros y muchas emisoras de radio rechazaron su difusión, incluso hasta Gran Bretaña llegaron los tentáculos prohibicionistas de la siempre ponderada gente de orden.
Desafortunadamente las dos ultimas palabras del tema, bitter crop, siguen en plena vigencia. Si, porque la mala cosecha continúa con otras formas, con otros extraños frutos; hoy, tantos años después, seguimos necesitando de poetas que escriban contra la barbarie, de cantantes que por los que no tienen voz y de intelectuales que tengan coraje para bajar a la arena, contaminarse y denunciar los extraños frutos que siguen colgando de los árboles de la modernidad del llamado primer mundo.
Por: Júcaro | Cultura | Comentarios (0) | Referencias (0)