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Descosido

Viernes, 01 de septiembre de 2006

Aplaudiendo al sol

Una tarde cualquiera para contemplar la puesta del sol, en la playa gaditana de El Palmar, es un privilegio y un rito al que no puedo, ni quiero faltar.

El Palmar y Vejer de la Frontera, el municipio al que pertenece, continúan siendo una excepción maravillosa en el litoral andaluz. Es de esperar que cuando llegue el futuro, los responsables políticos, hayan aprendido de tanto desastre urbanístico cercano y conjuguen desarrollo turístico y respeto en este maravilloso litoral.

Hasta hace unos pocos años pocos eran los bañistas que disfrutaban de su arena fina y blanca, de sus aguas limpias o del viento de levante que, si no se desarma, tiene su encanto. Hoy todo es distinto pero continúa siendo un privilegio para surfistas y un placer para muchos jóvenes que, cada verano en mayor cantidad, se acercan para, entre otras cosas, disfrutar sus atardeceres.

El espectáculo está garantizado por la belleza que nos ofrece el sol al dejarse caer lentamente sobre el horizonte hasta ser engullido por el mar; pero en la playa la gente joven ofrecen otra representación no menos interesante. Después de un día abrasador, el sol comienza a precipitarse; cientos de jóvenes toman posición en la arena; los chiringuitos de la playa, el Aborígena es la referencia, cambian la música y sus altavoces reproducen músicas suaves que invitan a la meditación, al éxtasis, es el litúrgico atardecer en la playa de El Palmar. Poco a poco y a medida que el sol va cambiando su color intenso por tonos rojizos, el movimiento en la playa se reduce; poses reflexivas, gestos concentrados, emocionados; ojos asombrados y un aire de meditación generalizada parece extenderse. Todo es quietud cuando el sol toca la línea que no sabemos si es agua o cielo; mil cámaras graban cada instante; cerca de la orilla un ágil surfista juega con la ola y al fondo el sol casi sumergido.

Cuando al final desaparece en su totalidad, un aplauso fervoroso se extiende por toda la playa y al diluirse ese sentido batir de manos, vuelve el movimiento: olas rompiendo sobre la arena suavemente; artesanales móviles de caracolas al son del viento construyendo arpegios imposibles; música que se torna más rítmica y vuelta a las conversaciones, a los mojitos y otras bebidas exóticas.


Por: Júcaro | Sociedad | Comentarios (0) | Referencias (0)

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