Miércoles, 09 de agosto de 2006
Lo más aconsejable sería no dramatizar por cada absurdo que se publique, ni entrar en el estúpido juego de los desmentidos y aclaraciones ante cualquier banal provocación. Probablemente, más tarde o temprano cada cosa vuelve a su sitio y todos quedamos retratados con lo que hacemos, decimos o escribimos. Como resulta que el facherío no descansa, ni sale de vacaciones, últimamente, ya sea por calor, el sopor o la impotencia, la ha dado por el entretenimiento de matar moscas con el rabo como hace la vaca que pasta frente a mi ventana.
De todas las bobadas que se han escrito acerca del número de cocineros que Zapatero se llevaba a sus vacaciones o sobre el número de policías para su custodia, todavía ni LD ni los palmeros más rumbosos del coro ultra conservador han pedido perdón, ni han corregido sus desatinos. La verdad sea dicha, tampoco se espera disculpas de quienes nunca hierran. Vía Escolar.net accedo a dos blogs que ayudan a clarificar las cosas: Al abordaje y Periodismo incendiario.
Esta pantomima ideada en foros famosos por sus desatinos, tergiversaciones y falsedades, y a los que el PP se abraza sin disimulo ni sonrojo, me ha recordado a alguien muy peculiar. Cuando era pequeño existía en el pueblo todo un personaje, más fantasma que otra cosa, es verdad, pero que se había construido toda una leyenda en torno a sus aventuras de muy diversas índoles. Se decía que había viajado por todo el mundo aunque probablemente nunca traspasó la frontera más próxima; que conocía a las grandes personalidades y se carteaba con artistas, toreros, escritores, pero el cartero del pueblo se acogía al secreto profesional para mantener la intriga y, de paso, contribuir a la mitificación del personaje. Cuentan que, una vez descubierta la farsa, y al requerimiento de cómo se había forjado su leyenda, siempre respondía: “No desmintiendo nunca lo que de mí se decía”
Entrar en el juego de desmentidos, hacerle el juego a los fabricadores de rumores es una torpeza política. Porque estas invenciones tienen un objetivo muy claro que nada tienen que ver con la veracidad, la información o la denuncia y porque van dirigidos a un sector de la población que dándolo por bueno, o no, se prestan al juego difamatorio con ligereza tabernaria. Al final, como ocurrió con el personaje del pueblo, suele descubrirse la falsedad y quienes suelen clamar al cielo exigiendo justicia y escarnio público para los demás, quedan como auténticos falsarios y de paso contribuyen a la paupérrima valoración de los periodistas, aunque es de suponer que tampoco les importa; ellos proseguirán con sus fabulaciones que para ello han sido llamados.
Publicado en la sección de opinión, DESTACADOS DEL DIA, de
El Otro Diario
Por: Júcaro | Sociedad | Comentarios (1) | Referencias (0)
Dammy | 09-08-2006 15:57:15