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Descosido

Lunes, 31 de julio de 2006

Un día de playa y de comida

Aprieta el calor, las ganas de cocinar son menos que otro día cualquiera, y la playa, la tenemos tan cerca, que parece una locura no aprovecharla. Todo perfecto si no fuera por los problemas de aparcamiento y por, una vez ubicados en la playa, los gritos de un grupo familiar numeroso que fue a colocarse a nuestro lado y, en voz alta, hacer repaso de las últimas andanzas de sus integrantes. La amplitud de la playa nos aconsejó y permitió retirarnos lo suficiente para confundir sus voces con el acompasado batir de las olas sobre la orilla, de tal manera que nos llegaran los ecos ininteligibles de las heroicidades del clan.

Una suerte o un lujo el disponer de esta playa. Lectura apresurada de los titulares del periódico, un poco de conversación y un breve paseo por la orilla. Llegada la hora de comer, y tras el inevitable chapuzón, nos dirigimos a comer al chiringuito más cercano.

La gente que vive en la abundancia dice que hablar de dinero es una ordinariez, pero... ¡vaya precios! Comida precocinada o rápida, por no llamarla “comida basura” a precio de esos platos bien elaborados de los buenos restaurantes.

Dicen que cada vez se valora más la cocina tradicional. Frente a los antiguos esnobistas que auguraban su declive absoluto, tal vez por influencias de novelas futuristas y guiones de cine, cada vez son más los que valoran la cocina tradicional bien elaborada, sin conservantes, con sabor a siempre. Esos platos tradicionales que nos hacen saborear de manera especial, con más sosiego y deleite, que nos vuelven más exquisitos y provocan nuestros sentidos. En casa, cuando alguien afirmaba que la comida de turno no estaba tan buena como la última vez, mi madre, emulando a la famosa sentencia del filósofo de Éfeso, afirmaba: “No comerás dos veces la misma comida” y a continuación nos explicaba que siempre cocinaba de igual manera. Ahora, con la comida precocinada, comer el mismo plato es más probable; siempre sabe igual.

El día es maravilloso; la playa, es un regalo, al que está por llegar el progreso en forma de especulación; el chiringuito, si sustituyéramos el sonido rallante de la música por el suave rumor del mar, sería incluso agradable; la comida, simple añoranza del pescado al horno de la compañera, de la berza de la madre o las natillas de la abuela, incluso de la simple tortilla francesa donde acaban todas mis habilidades culinarias.

Por: Júcaro | Sociedad | Comentarios (0) | Referencias (0)

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