Miércoles, 10 de mayo de 2006
La muerte pública de Ramón Sampedro, la muerte dulce de Mar Adentro o la reciente de Jorge León, nos provocan el debate de las maneras de morir; de la eutanasia y de su regulación legal; del morir en España.
Como no somos dioses capaces de flirtear con la muerte para presentarnos como redentores; como no podemos encarnarnos en otro, para morir ejemplarmente, ni resucitar cuando queramos; como sabemos que morir es algo que tiene que suceder simplemente porque estamos vivos, parecería razonable aspirar a pasar ese trance de la mejor manera posible.
Las religiones nacieron del miedo, de la necesidad del hombre de mitigar el temor a la muerte, de justificarla con aspiraciones de una vida eterna, plena de felicidad ignota. Luego, cuando la medicina avanzó, surgieron encontronazos entre la “voluntad divina” y esos avances médicos. Además, contaron siempre las religiones con un aliado temible; la resignación, ese lastre nefasto impuesto. Así, llegado el sufrimiento, hay que aceptarlo como designio divino y consentirlo como una prueba más; además si toca sufrir hasta reventar, hay que aceptarlo de buen grado.
Convertirnos en algo reducido a condición vegetativa en contra de nuestra voluntad es una especie de sadismo que esta sociedad impone en nombre de unos preceptos éticos, religiosos, filosóficos o culturales con los que no tenemos que comulgar todos. ¡Esto no es vida!, exclamamos cuando las circunstancias nos agobian y superan, cuando vimos a la abuela agonizando, intubada y sostenida artificialmente durante días interminables.
¡Eso no es vida!, exclamamos como declaración de principios porque ligamos la vida, a la calidad de vida, y porque cuando las condiciones de vida sobrepasan todos los límites razonables, tenemos derecho a la renuncia. Esta renuncia a la vida, esta renuncia a la crueldad de una existencia meramente vegetativa es un derecho para quienes pensamos que el sufrimiento, hasta la muerte, carece de sentido. Por supuesto, quienes así pensamos, no intentamos imponer nuestros criterios a quienes crean poder alcanzar la gloria desde el dolor y el sufrimiento.
No parece el Gobierno dispuesto a abrir nuevos frentes para avanzar en la transformación social emprendida; pasados los dos primeros años de legislatura casi todo apunta, en este terreno de los derechos sociales, que comenzará a gestionar su futura ratificación en las urnas. Por ello, mientras tanto y si nos llega el caso, tendremos que exclamar el “hamletiano” “Morir, dormir... ¡tal vez soñar!, o hacer uso de las Unidades de Dolor o del Registro de Voluntades Vitales Anticipadas que, por ejemplo, tenemos en Andalucía.
Por: Júcaro | Sociedad | Comentarios (0) | Referencias (0)