Sábado, 04 de marzo de 2006
En este fin de semana de Convención y convencionalismos, es preferible pasar de la prensa adicta; también de la desleal. Porque, entre una y otra, ambas contribuirán al objetivo primero y primordial del cónclave popular: este fin de semana también toca hablar del PP. El anterior, como en tantos otros, con sus manifestaciones; en éste, con sus reuniones.
Así las cosas, como hay otros que se encargan de poner en evidencia, por ejemplo aquí, el intento de volver a escribir la historia de los aznares, pedrojotas y similares que abundan en sus sitios, prefiero buscar otros aires, menos viciados, en los libros.
La cuestión es determinar qué libro. Porque el libro, cada libro, tiene el momento adecuado para su lectura.
Cuando afirmamos que un determinado libro nos ha gustado probablemente mucho se deba al momento en el que lo hemos leído y a nuestro estado de ánimo al leerlo. Por ejemplo, hace unos meses leí “Historias de las dos Españas” de Santos Juliá; como reesulta que uno de los alicientes de la lectura es ayudarnos a comprender la historia, reconozco que no encontré mejor ejemplar para devorar, ante la constatación de que repetimos esquemas ya vividos. Su lectura es de una actualidad evidente: nos lleva del pesimismo de la generación del 98, que pensaba a España muerta, al optimismo de quienes preferían hablar de una España viva (los derrotistas volverán a perderse en su pesimismo); igualmente nos esboza cómo los católicos utilizaban sus púlpitos para lanzarse a la reconquista de ciertos valores con lenguaje y escenografías más propias del Antiguo que del Nuevo Testamento; es decir, lo mismo que sucede hoy en día. Por todo ello, tendría que escoger otra lectura que evadiera más.
Entre los que tengo al alcance me fijo en “Hoy ya es ayer”, de Francisco de Ayala, pero lo desecho porque es un libro que ayuda a pensar sobre temas actuales como la libertad, razón del mundo o la crisis de la enseñanza. Temas que, escritos allá por los años cincuenta, tienen una vigencia evidente que harían pensar y reflexionar sobre esos asuntos, pero este fin de semana he decido la evasión.
Una novela, “Juegos de la edad tardía”, que se acaba de reeditar y es muy recomendable, tiene el inconveniente de que el argumento es demasiado actual. Porque si cambiamos el teléfono por un teclado de ordenador y la conversación por la participación en un foro, la entrega a un blog, o el sermón radiado de cada día, el resultado es que Luis Landero supo retratar a finales de los ochenta los fantasmas y frustraciones que parecen iluminar a tanto exaltado de estos días para inventar y fantasear la realidad.
Así, desechando libros, porque todos conducen a lo mismo, prefiero colgar este cometario y salir en búsqueda de la realidad no interpretada. Saldré a pasear por las calles, a llenarme de calle, a confundirme con la gente, a dialogar con quien se preste y, ahora que no está de moda, a fumar un cigarro que a nadie moleste.
Por: Júcaro | Sociedad | Comentarios (0) | Referencias (3)
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Júcaro, 18:28 - Archivado en Sociedad.