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Sábado, 21 de enero de 2006

La voz de la ciudad

En un maravilloso cuento O.Henry, después de mucho preguntar, encontró la voz de la ciudad. En muchos de sus cuentos, el escritor norteamericano, nos esboza el nacimiento de las grandes ciudades abordando temas como la inmigración, industrialización o la cultura de la abundancia. No estaría mal que, como el cuentista, saliéramos al encuentro de la voz de nuestra ciudad.

En el origen de las ciudades siempre predominó la defensa; hoy la situación es diferente, tendrían que convertirse en escenario de paz e integración social. Desde su origen hasta la actualidad, la ciudad ,se ha convertido en la mejor arma defensiva de sus moradores. Muchas ciudades comenzaron a levantarse en lugares resguardados o crecieron al amparo de fortificación que la cobijaran de sus posibles enemigos, también se construyeron murallas defensivas. Vivir en las ciudades era más seguro que en sus aledaños. Los peligros, fueron cambiando con los tiempos; una ciudad ya no era más segura cuanto más inexpugnable, especialmente porque las defensas se trasladaron, en un primer momento, de las murallas defensivas a las fronteras nacionales y, posteriormente y en algunos casos, a las internacionales. Hay quienes piensan que el enemigo ya no viene de afuera; está dentro.

Tal vez por ello, continúan levantándose murallas; ese tipo de murallas hoy son invisibles, pero evidentes. No son de piedras, tampoco tienen alambres; parecen que no están levantadas pero están ahí, registrando cada uno de nuestros movimientos. Difícil discutir la necesidad de aplicar, también en las ciudades, un principio de defensa colectiva frente a la violencia, en la línea de lo apuntado por Egocrata.

Así pue,s es necesario diseñar la ciudad como espacio de paz, integración y solidaridad. Al caer el muro de Berlín otros muros permanecieron erguidos, incluso algunos se fortificaron más si cabe; las nuevas murallas reaparecen por doquier, sustituyendo muros físicos por otros más sutiles, sobre todo en el interior de las ciudades o en esos islotes del miedo en los que se concentran la población adinerada. Los recientes altercados de Francia han puesto de manifiesto errores; la inmigración está llegando a España -lejos queda cuando emigrábamos-, cuando otros llevan décadas dando cobijo a ciudadanos de otros países y continentes. Ir por detrás en algunas cosas puede tener la ventaja de conocer las consecuencias que otros conocen antes; por ello, si no nos miramos en sus espejos, dentro de algún tiempo conoceremos altercados similares.

1 Equipo, de Cuatro, metió en nuestras casas el chabolismo de las Mimbreras, situado a 15 minutos del centro de Madrid y donde el agua, la luz son lujos racionados. La paradoja del “cuarto mundo” en el “primer mundo”. Situaciones parecidas se repiten en todas las ciudades. Porque, dónde se ubica la ciudadanía; dónde albergamos a los emigrantes que llegan. El mayor rasgo diferenciador no es el color de la piel, ni el acento al hablar o el idioma; poderoso caballero es don dinero. Si quien nos llega tiene bien pertrechada la cartera; abre la muralla. Si por el contrario, es pobre; ya sabes, cierra la muralla.

Podemos mirar nuestra ciudad y observar dónde están situados los centros educativos; dónde los de carácter público; dónde los concertados y por supuesto los privados. Seguramente los que salieron a las calles recientemente, reclamando libertad de enseñanza, se referían a esta inocente casualidad geográfica.

Cuando hablamos de inmigración y ciudad seria conveniente distinguir entre; aceptación, inserción y absorción. La aceptación formal en virtud de nuestros posturas políticas, morales o religiosas es un fiasco si no está sostenida por convicciones auténticas. Está próximo a lo políticamente correcto y mientras no se produzcan distorsiones se aceptará más como caridad que como concepción intelectual, pero al aparecer las primeras dificultades se caen todas las caretas. La inserción compromete a vivir juntos, a compartir espacios educativos, de ocio y sociales. Comporta una relación biunívoca. La absorción es la imposición de nuestras pautas de vida; esto es lo que hay, o lo tomas o lo dejas; esta postura se repite tanto en el seno del colectivo que emigra como en la sociedad que lo recibe.

Si escucháramos la voz de la ciudad igual nos alertaría de la cada vez mayor segregación zonal de sus habitantes según nivel adquisitivo; igual nos alerta de la inexistencia de lugar para el encuentro, que la pobreza se concentra y favorece las manifestaciones de inseguridad e insatisfacción. Y en lugar de insertar, de atajar las causas que origina los desencuentros; lo fácil es demandar más seguridad. Pero la solución puede estar cerca de lo acordado en el Plan para el Polígono Sur sevillano.


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Por: Júcaro | Sociedad | Comentarios (0) | Referencias (1)

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