Martes, 22 de noviembre de 2005
Ya lo dijo el Fraga franquista: “La calle es mía”; luego conocimos otras facetas del mismo Fraga. Tenía razón, la calle siempre fue de la derecha aunque en ocasiones era tomada por los trabajadores para reivindicar sus derechos; pero eso siempre fue una excepción.
También lo dijo Aznar con su peculiar tono despectivo, cuando afirmó que su Gobierno había “dado libertad a esos grupos para gritar” en referencia a las manifestaciones celebradas con motivo de la cumbre del Consejo de la Unión Europea en Barcelona. La caverna, no la de Platón sino la antidiluviana de nuestra derecha más rancia, clamaba entonces por la modificación del derecho de huelga. Siempre ha sido así; cuando han gobernado lo han querido todo. Los últimos episodios son tan recientes que todos recordamos aquello de “pancarteros” o el sublime “ladran su rencor por las esquinas”. Tan constitucionalistas como se proclaman, cuando han gobernado, han ignorado el artículo 21 de la Constitución que tanto dicen defender.
Perder el poder y lanzarse por España de manifestación en manifestación ha sido lo mismo. La iglesia bajó de los púlpitos para tomar las calles de la mano del Partido Popular. Siempre es bueno hacer uso del derecho a la libertad de expresión y de manifestación; lamentar que no salieran contra la guerra de Irak a pesar de la postura clara de Juan Pablo II; lamentar que no levanten su voz contra el inmovilismo vaticanista que prefiere la propagación del SIDA a la protección que ofrecen los condones. Cuando escribo iglesia me refiero a la Conferencia Episcopal, a la jerarquía más alta; la otra Iglesia, la humilde y humana, prefiero escribirla con mayúscula y tenerla en consideración.
Ha dicho este fin de semana, el Premio Nobel de la Paz, Lech Walesa en el Congreso Católico y Vida Pública que la democracia se ejerce en el diálogo y que salir a la calle no es de ésta época. No comparto su opinión; la crítica a las instituciones públicas en una manifestación no supone su deslegitimación, sino que es otra forma más de control social de los representantes políticos por parte de la población. Con independencia de quien gobierne y de quien reivindique.
Sin embargo llama la atención la apropiación abusiva de la derecha de estos escenarios; ya no les basta sus medios de comunicación/información/propaganda; no tienen bastante con sus innumerables púlpitos; son insaciables, lo quieren todo. De todas las maneras a estos que hoy gustan salir tanto a la calle les diría aquella frase de Voltaire: "Señor, estoy en absoluto desacuerdo con lo que dice, pero daría mi vida para que lo pueda seguir diciendo”.
Por: Júcaro | Sociedad | Comentarios (0) | Referencias (0)