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Descosido

Viernes, 11 de noviembre de 2005

Gran sol

Reconocido escritor de cuentos, pertenece Aldecoa a la generación de Sánchez Ferlosio, Jesús Fernández Santos, los hermanos Goytisolo y Martín Gaite, entre otros. Escritores todos ellos que los partidarios de las adscripciones sitúan; unos en la generación del 50, otros en el neorrealismo español e incluso hay quien los ubica dentro del realismo social. Lo cierto es que apartando las relaciones afectivas y de amistad existente entre algunos de ellos, no hay razones estéticas, temáticas o literarias comunes como para encuadrarlos dentro de un mismo movimiento. Si les une es el escribir algunos de sus textos bajo la mordaza de la represión.

Tras el desastre de la guerra, la producción literaria española sufre la presión de la dictadura. Si el primer tercio del S XX se puede recordar por su brillantez intelectual y literaria, bastaría con citar a Valle-Inclán, Juan Ramón Jiménez, Azorín, Antonio Machado, Ortega y Gasset o Unamuno, el segundo está marcado por el exilio y el silencio. En este sentido, es interesante lo que escribe Gonzalo Torrente Ballester en su Cuadernos de La Romana referente a las consecuencias que la Guerra Civil y la dictadura posterior significó en el campo de las letras: “Entre el 20 y el 36, nuestra cultura, por obra de unos pocos, rebasó las fronteras, se puso al día fue contemplada con respeto. Aquello se destruyó a conciencia, y nuestros tres o cuatro nombres universales se vilipendiaron como si fuera un deber. Vio la posguerra la más divertida y penosa subversión de valores intelectuales de que tenemos recuerdo” . Aunque que en los años cuarenta emerge nuevamente el talento, no es menos cierto que esta producción literaria difícilmente podría interesar fuera de nuestro ámbito o alcanzar a los niveles de sus predecesores. La familia de Pascual Duarte y Nada de Cela y Carmen Laforet en el plano narrativo, Hijos de la Ira de Dámaso Alonso en el poético o Historia de una escalera de Buero Vallejo en el teatral son obras todas ellas que rompen con el deseo oficial de maquillar la realidad y en este sentido, son estandartes del nuevo impulso de nuestra literatura aparte de tratarse de producciones literarias de indudable importancia y reconocimiento.

Quienes escriben en la dictadura están obligados a ingeniárselas para eludir la acción de la censura. Escriben con sumo cuidado y sutileza, encubriendo y disfrazando los mensajes, usando la metáfora o la alegoría, ofreciendo indicios y provocando en el lector el esfuerzo intelectual de valorar los silencios e interpretar las omisiones aparte de forzarlo a apreciar más lo insinuado que lo escrito, lo que no deja de ser una paradoja. El peso de la opresión lleva al escritor a refugiarse en la autocensura con secuelas como las que se puede leer En los reinos de Taifa de Juan Goytisolo: “Para eludir las redes y las trampas de la censura me había convertido yo mimo en censor. Obligado a obedecer... había pagado un odioso tributo a los cancerberos del régimen” Todos estos condicionantes podían llevar al lector a interpretar de manera muy personal y a veces muy alejada de las verdaderas pretensiones del autor.

La primera edición de Gran sol aparece en 1957 cuando España vive tiempos de recuperación económica e indicios de una incipiente industrialización y que fue precedido por un año convulso, de cierta agitación especialmente en los ámbitos culturales y universitarios, que contagió de “una especie de euforia de la que todos participábamos nos inducía a creer que los días de Franco en el poder estaban contados”, como escribiera Juan Goytisolo en la misma obra citada. Sin embargo no había motivos para tal estado de ánimo. La dictadura continuaba ejerciendo de tal, con la crudeza que caracteriza a todo estado represivo. Es cierto que en estas fechas la censura se relaja un poco pero sin llegar a permitir que se escriba y publique libremente. No obstante como todo sistema represivo, la dictadura franquista, resulta ineficaz para reprimir la capacidad de pensar y reflexionar. En este contexto se escribe y publica Gran sol, obra en la que el autor nos recrea sutilmente las condiciones de vida y trabajo de los pescadores. No precisa Aldecoa del grito doloroso o de la rabia contenido para ello. Aunque en su novela El fulgor y la sangre (1954) fuera más explícito, en Gran sol su denuncia es más perspicaz y lo consigue de manera susurrada; sin grandes discursos, sin grandes alocuciones; Quizás porque entonces todo había que hacerlo con cierta finura e ingenio para esquivar las trabas y recortes que imponía el régimen.

Gran sol pudiera adscribirse al llamado realismo social, pero evidentemente no se queda en eso. Debo confesar que en las primeras páginas algunos nombres como Afá o Sas me a trajeron a la memoria al célebre Ahab de Herman Melville. Sospeché entonces que se trataría de una novela escrita a la sombra de tan espléndida obra literaria y que los personajes de Ignacio Aldecoa también surcarían los mares en busca de pesca y, sobre todo, de aventuras. Evidentemente me equivoqué; salvo la grandeza narrativa, pocas similitudes se pueden establecer entre ambas novelas. La aventura, la hazaña por un lado y frente a ello la cotidianidad. Porque Gran sol es el relato de una singladura sin misterios. Las labores diarias, el transcurrir del tiempo y la convivencia a bordo del Aril en nada recuerda a las del Pequod. En esta narración no existen obsesiones que lleguen a la locura ni se buscan ballenas imposibles, sencillamente persiguen bancos de pescado para aliviar sus maltrechas economías y pescan acaso por no saber hacer otra cosa.

En Gran sol el argumento es un esbozo que parece diluirse entre la espuma de las olas. A veces se tiene la sensación de estar leyendo un reportaje o un gran poema. El mar, el barco, la rutina que conduce al aburrimiento; el mirar sin ver o el hablar sin esperar respuesta. La mar y los que en ella trabajan, la mar y sus colores pero también sus olores: “Olía a podredumbre de algas y a tormenta”, y la mar indomable donde siempre habita el duende caprichoso de las sombras del miedo que toda persona sensata puede sentir cuando la naturaleza se manifiesta de su manera más atroz. .

Todo lo que en la narración ocurre es previsible, no hay lugar a las grandes sorpresas, la acción transcurre con cierta rutina, la vida en el pesquero y el mar es como es y se admite así, tal cual, sin mas diatribas. Sin embargo nada parece fortuito, nada parece forzado. Las páginas se suceden como los días de estos pescadores; la rutina y la aceptación estoica del mar. Entonces lo cotidiano, a veces transformado en aburrimiento, lo impregna todo dentro del Aril. Las conversaciones, en ocvasiones, parecen no interesar a nadie y los pescadores más que dialogar, monologan.

La mar lo moja todo y tiende a extenderse más allá de sus orillas. El mar, el cielo, el aire, la bruma, la brisa, el viento, el agua, las olas, la tormenta, pero también los trabajadores de la mar, sus familias que quedaron en tierra y sus proyectos de futuro que rápidamente se desvanecen porque, para ellos, sólo existe el mar. Todo desempeña su papel de manera irremisible. Entonces llega el cansancio, el aburrimiento, la vaciedad de hacer siempre lo mismo: la jornada se ensancha y los tripulantes beben, algunos tal vez demasiado, “porque el barco y el muelle, el presente y la memoria, la alegría y la nostalgia combinan un deseo de vivir bebiendo y hablando”. Y en ese perorar casi siempre rutinario los marineros se preguntan por sus vidas, por sus familiares -“Las mujeres de los pescadores estaban condenadas. Los hijos eran un fracaso”-; tienen también sus ensoñaciones y expresan sus quejas laborales pero todo en un tono resignado y de forzada aceptación, a pesar de que alguna vez suelten barbaridades entre dientes, porque viven la tragedia de arriesgar sus vidas por un mísero salario y porque son conscientes de que volverán a jugársela cada vez que su barco zarpe. “El que está hecho a la mar, la tierra le viene pequeña”.

Alguien acertó a decir que Aldecoa había escrito una novela coral, de hombres y barcos, y así parece. Ninguno de los protagonistas sobresale del resto de tripulantes y entre todos conforman el gran escenario de la vida en el mar y de la tarea del pescador. Ninguno de ellos se erige en el centro de la narración. Aunque Macario Martín, el Matao, con sus contradicciones, sus bebidas, sus gansadas, sus pláticas; sus complicados insultos, sus barbaridades barrocas, su filosofía de la vida y sus mujeres, emerge sobremanera. También José Afá, Joaquín Sas, Paulino Castro. No merece pasar por alto la figura del patrón del Aril, Simón Orozco, que tenía los ojos cansados de los reflejos del mar y su reloj, en el bolsillo superior izquierdo, casi junto al corazón, siempre marcaba el tiempo de su casa a la que no pudo regresar porque encontró la muerte trabajando. Podría haberla encontrado de una manera heroica pero fue a encontrarla bajo el peso de una red repleta de peces que aplastaron su cuerpo. Al fin y al cabo un patrón de pesca no es un capitán de barco. “Un patrón de pesca es un obrero de la mar, un obrero especializado si se quiere, pero nada más”.

El tedio, el aburrimiento, la protesta murmurada y sin alzar la voz puede entenderse como una metáfora de la realidad española de la época. En definitiva, Aldecoa escribe sobre la lucha, la derrota y ensoñaciones de quienes viven en el mar y consigue trasmitiros una visión global del mundo de la pesca y los pescadores. Es una narración sobre el mar y alejado de esos abundantes textos que sobre el mar se han escrito repletos de imaginación, mitos ancestrales o leyendas imposibles. Frente al Joseph Conrad de singladuras, vientos y hombres luchando contra un mar hostil y tormentoso; al Galdós de Trafalgar ensangrentado y restos y despojos después de la batalla; Aldecoa sencillamente nos recrea el mar de los pescadores.

Por: Júcaro | Cultura | Comentarios (0) | Referencias (0)

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