Domingo, 16 de octubre de 2005
El nacionalismo suele enfrentarse con otro nacionalismo; se reniega del nacionalismo desde otro concepto nacionalista. Unos hablan de nacionalismo periférico, otros de nacionalismo centralista, pero ambos son esas dos caras de una misma moneda enfrentada visceralmente y que sin embargo se necesitan para subsistir.
El cisco montado en estos días, a cuentas del Estatut, no es nuevo ni en la historia reciente ni en la algo más alejada; los libros de historia así lo reflejan (“Historia de las dos Españas” de Santos Juliá, ilustra muy documentadamente sobre algunos episodios pasados). Si los dos conceptos enfrentados rebajaran el vocerío y fueran capaces de debatir y discutir una forma de entendimiento y coexistencia, desde el respeto mutuo, probablemente todo se serenaría.
No obstante hay un problema; ambos necesitan del enfrentamiento para subsistir; el nacionalismo sin el agravio comparativo seguramente no tendría razón de ser; acaso se moderaría demasiado. Además, como resulta que el mensaje que apela a lo telúrico suele tener buen eco electoralista, tanto el nacionalismo centralista y como el periférico desechan renunciar a la posibilidad de esgrimir el amor a la tierra y al interés por lo “propio”, frente a los partidos no nacionalistas que, según los primeros, defienden otros intereses.
Por: Júcaro | Política | Comentarios (0) | Referencias (0)