Martes, 20 de septiembre de 2005
Por decirlo de una manera simple, la política nunca ha tenido buena prensa. Con frecuencia los vocablos política y descrédito van unidos. La política se desprecia y es objeto de escarnio permanente. Es cierto que los políticos hacen poco por cambiar esta realidad: sus actitudes, acciones y manifestaciones, con demasiada frecuencia, dejan mucho que desear.
Frente a quienes piensan que esta repulsa es algo nuevo, conviene precisar que ni es una novedad ni obedece a una situación puntual o concreta, como tampoco a una comunidad, sociedad o país determinado. Es más bien el resultado de una ardua labor en la que se han esmerado sectores tan dispares, y probablemente de ahí su éxito, como puedan ser: la derecha burguesa más conservadora y tradicional así como la izquierda más radical y contestataria. Para ilustrar esta afirmación bastaría con recurrir a lo que se escribía, en cualquier época, acerca de los asuntos políticos y así constatar que el desencanto por la política es permanente. “Aquí no hay consecuencia política, firmeza en los ideales políticos, ni nada que suponga dignidad y constancia. Aquí la política es un compadrazgo de gentes listas que, para engañar al país deseoso de un cambio completo, hacen como que riñen fieras batallas en pro de sus ideales...” Este fragmento, como cualquier otro sirve para poner de manifiesto que la repulsa por la política es algo constante en el tiempo. Esta cita podría haberse escrito en estos días con motivo de cualquier enfrentamiento parlamentario pero en realidad fue publicado en “EL Pueblo” el día 23 de mayo de 1895 y su autor fue Vicente Blasco Ibáñez. Poca razón tienen pues los nostálgicos de cualquier pasado porque siempre existieron los políticos y sus defensores de la misma manera que siempre coexistieron los detractores de la política, de cualquier política.
No está de moda reivindicar la política, en realidad nunca lo estuvo, y menos aún defender a quienes se dedican a ejercerla. Decir política es hablar de corrupción, perversión, de lucha de intereses indignos o simplemente de algo que debe evitarse. Sin embargo no estaría mal recordar que el vocablo política procede del griego politiqué que significa administración de la ciudad y por extensión de los asuntos públicos. En la Grecia clásica, y posteriormente en Roma, se pensaba que la libertad se aseguraba interviniendo en los asuntos públicos. Los atenienses inventaron la democracia directa porque permitía a todos intervenir en política. Incluso para quienes no participaban en ella idearon el término idiotés. Hoy, por el contrario se piensa que la libertad se manifiesta preferentemente en el ámbito privado, que lo público es un derecho que tenemos, que nos viene dado y que además podemos arremeter contra él con toda impunidad cada vez que no responda a nuestros deseos personales o a nuestra particular visión de las cosas. Así, los comentarios despectivos sobre todo lo que tenga alguna connotación política, y muy especialmente sobre los políticos, suelen provenir de personas que: bien se consideran en posesión absoluta de la verdad y en el derecho de proclamar sin reparo alguno sus percepciones, bien de personas que creen vivir en una sociedad de ciudadanos perfectos y parecen no entender la existencia de otros que, dedicándose a la política, no se distingan por la perfección en sus actuaciones privadas y públicas.
Pasados dos mil quinientos años de aquella Grecia clásica considero, como muchos otros, que la política es de las más nobles tareas que se pueda desempeñar. Entiendo la política como el único instrumento válido para avanzar en la solidaridad, para solventar discrepancias, para generar acuerdos que acerquen posiciones y, en definitiva, para construir una convivencia social justa y equilibrada siempre desde la participación.
Precisamente por eso, por la utilidad de la misma, es preciso hacer esfuerzos por dignificarla. Esto sólo podrá ocurrir cuando los ciudadanos perciban que, políticos y formaciones políticas, se interesan por temas realmente importantes y que, además, les conciernen en su vida cotidiana. Por ello es muy importante ser efectivo, despreciar la demagogia, la falsedad o la promesa hueca a la vez que se profundiza en la descentralización y democratización del poder. En este sentido es básico actuar en tres líneas fundamentales: los políticos, los partidos políticos y la implicación del mayor número de ciudadanos.
Parece evidente la necesidad urgente de superar la desconfianza en la política. Para alcanzar este objetivo es prioritario un trabajo serio, riguroso y práctico en el ámbito local, que por ser el más próximo al ciudadano, es el más adecuado para iniciar un despegue en sentido inverso al que, por inercia, está abocada toda actividad política.
Por: Júcaro | Política | Comentarios (0) | Referencias (0)