Domingo, 18 de septiembre de 2005
Que el cinismo está establecido en la vida política no es algo nuevo; que la política hace un uso perverso de la palabra, tampoco; que se articule todo un pensamiento político sobre el agravio comparativo, por pueril que parezca, es algo innegable especialmente por las opciones nacionalistas excluyentes; que la repetición de una mentira parece transformarla en verdad, es un fenómeno del que se abusa con demasiada frecuencia; que se monte toda una “cultura” sobre la mentira, que conduce a la necesidad compulsiva de mentir, solo puede terminar fabricando un monstruo, que por desgracia el hombre, en su devenir histórico ya conoce.
El nacionalismo como contraste de diferencias entre los pueblos, como constructor de fronteras, como hecho diferenciador, fundamentado en la justificación del Rh por ejemplo, y como bandera de la pureza solo puede producir escalofríos. Además entorno a los nacionalismos, tanto centralistas como periféricos, siempre surgen aquellos que se dedican a certificar autenticidades, con lo que la situación se complica hasta límites insospechados.
Es preciso luchar contra tan abominable y perverso montaje y para ello sólo es admisible hacerlo con el arma más poderosa que tiene el hombre: con “la voz y la palabra” como diría el poeta. Luchar contra todo aquello, que aún partiendo de premisas nobles, en su necesidad argumental se desliza por una espiral desbocada que comienza con el uso ventajista de la palabra para pasar al cinismo y de éste a la mentira; mentira que ineludiblemente conduce a otras mentiras, y de la mentira al engaño, del engaño a la hipocresía y así hasta a terminar construyendo todo un montaje estrambótico y lamentable que además, en su perversión absoluta, no tiene reparos en utilizar y aderezarse con los instintos primarios, pero también con los más nobles, de la condición humana: el amor a la tierra en la que se vive, a sus gentes, a sus tradiciones...
Los nacionalismos suelen falsear la historia para construir “su historia”, cuando no proceden a inventársela, y para ello recurren a la interpretación conscientemente fraudulenta de la realidad. Las interpretaciones nacionalistas de “su historia” originarían cierto jolgorio si no fuera de lamentar la utilización inmoral que hacen de aquello que debiera ser el principal orgullo de un pueblo: su cultura. Y es que estos desalmados no dudan en contaminar la cultura del pueblo con embustes. Una cultura basada en la mentira, por mucho que se repita, solo puede produce fraude, farsa y engaño. Y su reiteración, por más que se insista, jamás logrará convertirla en verdad
Por: Júcaro | Política | Comentarios (4) | Referencias (0)
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Rex | 18-07-2006 15:26:02
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Dennis | 26-08-2006 02:17:18
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John | 17-11-2006 04:11:19
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Matt | 18-11-2006 16:45:55