Martes, 13 de septiembre de 2005
El día que me encontré a Max Aub en La calle de Valverde era un día gris, como casi todos los sábados del otoño de 2003, especialmente lluvioso en fines de semana. Un gris que se convirtió en negro al conocer la trágica muerte de un familiar. Premonitoriamente leí el párrafo siguiente: “No haber nacido. La verdad es que debiera pegarme un tiro. Total, ni yo ni los demás iban a perder nada..... Se lo pegó. Hubo gran alarma. Lo encontraron tumbado, saltada la tapa de los sesos; que se puso el cañón en la boca, apuntado al paladar, tal como le habían dicho que no fallaba” Leí también otros párrafos; en realidad siempre cuando un libro cae en mis manos paso las páginas velozmente y me detengo en una página al azar y leo algunos fragmentos: todos cayeron en el olvido por el estremecimiento que me produjo la fatal noticia. Evidentemente no era un principio alentador para adentrarse por las páginas del libro pero lo hice pasados unos días, apenas repuesto del escalofrío.
Había escuchado y leído muy poco sobre Máx Aub: oí decir que era un intelectual de gran valía, coherencia y conciencia histórica tanto en su vida como en su producción literaria; sabía que tuvo que exiliarse a México como tantos otros republicanos y no sabía más, acaso que era uno de esos símbolos que tanto suele gustar a las izquierdas, aunque del culto iconográfico tampoco se salvan las derechas. Recuerdo también como en sectores progresistas produjo enorme malestar la apropiación que de su figura hizo el actual presidente del gobierno José María Aznar; se entendía como una falta de respeto hacia su figura humana y política pero probablemente y sin pretenderlo, el Sr. Presidente con la incautación de su figura hizo más que muchos de sus fervientes admiradores para acercar la figura de Max Aub a muchos españoles.
De Max Aub queda dicho que no sabía mucho. Sí recuerdo alguna referencia difusa, acaso una representación o la lectura de algún fragmento de La gallina ciega. Pero prácticamente desconocía todo acerca de él y de su producción literaria hasta el día que me lo encontré en La calle de Valverde. Entonces pude comprobar que efectivamente era un escritor comprometido con el momento histórico que le tocó vivir y capaz de trasladar a su obra su valor crítico, ironía inteligente y una capacidad singular para ridiculizar tanto al pensamiento conservador como, desde su militancia en el PSOE, desairar los tópicos de la izquierda tradicional. También me pareció que era un auténtico humanista en el sentido renacentista del término capaz de teorizar sobre arte, literatura, pensamiento, política o sociología. En definitiva pude constatar y aún más lo que las reseñas literarias reflejaban de él. Probablemente, por lo que hasta la fecha de hoy he leído acerca de su obra, La calle de Valverde ni esté entre las mejores novelas del siglo veinte, ni sea una de sus mejores producciones, pero su lectura es amena, divertida, interesante e ilustrativa de la época histórica en la que se sitúa la acción y personalmente considero que es una novela de enorme interés.
La calle de Valverde no es la historia de la calle madrileña que lleva su nombre. Acaso, entre otras muchas cosas, es el simple esbozo de innumerables personajes que en ocasiones son de auténtica zarzuela, pero también el estereotipo perfecto de la sociedad madrileña de la primera parte del siglo veinte. Es sugerente y atractiva la mezcolanza de personajes históricos y ficticios; de sucesos reales con otros productos de una profusa imaginación. En cualquier caso la novela es el pretexto que el autor utiliza para indicarnos perspectivas políticas, apuntes de criterios artísticos o literarios. Max autor parece burlarse de nosotros creando un mundo mágico en el que conviven hasta confundirse personajes ficticios junto a ilustres pensadores, literatos, artistas o políticos de la época. Sin embargo el resultado es una novela entre histórica y costumbrista que nos traslada en el tiempo. La calle de Valverde es el fotograma perfecto de la película española del siglo XX. Aub nos hace un retrato de la sociedad madrileña en la época de Primo de Rivera; especialmente de la vida de aquellos que estudiaban, intentaban abrirse camino en la pintura, literatura o en la política. Y todo ello con un lenguaje fluido, rápido, culto, con cierto sabor antiguo, que no rancio, y siempre muy pegado a la calle y a los ambientes que describe. La descripción del Madrid de las casas de huéspedes y tertulias; la politización de muchos de sus personajes y las aventuras de los mismos nos ofrecen en su conjunto una imagen del Madrid de la época que nos transmite sobre todo, verisimilitud. Es el retrato de una clase media universitaria, con sus inquietudes y sus avatares. Es una calle llena de vida y de personajes variopintos: relaciones familiares, conyugales, infidelidades, intentos de suicidios, suicidios, drogas, penurias económicas, homosexualidad, complejos... pero también afán de triunfar, de alcanzar las cimas del reconocimiento artístico, de defender unos ideales y de comprometerse. En definitiva, la vida misma.
“A cualquier hora la calle de Valverde parece de provincia........... En cien metros se retrocede cien años” Esa es una de las grandes virtudes de esta novela; trasladar al lector a 1926 y 1927 con la mayor realidad posible. Los personajes viven ajenos al devenir histórico aunque muy conscientes de la realidad. El autor nos sitúa en una época que él vivió pero no utiliza la perspectiva histórica para rescribirla. En ese sentido es una especie de crónica que se escribe día a día y en la que los personajes viven ajenos, aunque no inconscientes, a lo que pueda suceder en el futuro.
Hay tres aspectos que me llamaron la atención y que quisiera resaltar: las tertulias, las casas de huéspedes y las descripciones de sus personajes. También la velocidad de su prosa, y la sensación de estar leyendo una novela recién escrita.
Existen novelas que una vez leídas podrían ir perfectamente al contenedor para reciclar papel; otras podrían olvidarse en las estanterías de la biblioteca personal y otras que deben tenerse siempre a mano para releerlas. La calle de Valverde pertenece a estas últimas y su lectura ha supuesto el descubrimiento personal de un autor del que apenas si tenía conocimiento y la certeza de haber leído una novela importante y que considero merecería mayor reconocimiento público.
Por: Júcaro | Cultura | Comentarios (0) | Referencias (1)
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Rajoy tiene un libro | 2005-12-18 16:41:12
[...] Max Aub o de García Lorca y que alguna vez hizo visible ostentación de leer a otros escritores identificados con la izquierda; luego dicen que “escribió” algunos libros. De Zapatero se dice que le gustan más los ensayos que la novela. Algun [...]