Domingo, 28 de agosto de 2005
Toda defensa de las energías renovables está muy bien. Sobre el papel de los periódicos, de los informes, de los análisis, de los programas electorales; todo resulta perfecto. Las instituciones, las empresas del sector, los ecologistas y muchos ciudadanos ven en esta energía una solución segura, limpia y eficaz. Pero todo se complica cuando se intenta trasladar del papel a un sitio determinado, cuando se intenta ubicar los productores de energía renovable en un lugar concreto.
El Gobierno ha aprobado el Plan de Energías Renovables (PER) para el período 2005/2010 con la intención de alcanzar que el 12% de la energía consumida sea de origen renovable y con la pretensión de reforzar los objetivos prioritarios de su política energética que se basa en: garantizar la seguridad del suministro eléctrico y el respeto al medio ambiente.
En principio este PER no traerá grandes disputas ni será objeto de encendidos debates, aunque supongo que tampoco generará adhesiones entusiastas. Todos somos conscientes de la necesidad de buscar soluciones a la producción de energía cuando la crisis de producción parece inminente y el agotamiento de las reservas se calcula para la primera mitad del presente siglo. Ante tal situación se perfilan dos opciones energéticas: la nuclear o las llamadas renovables. El Gobierno francés ya ha planteado, entre otras medidas, la necesidad de potenciar tanto la producción nuclear como la renovable; el norteamericano decididamente por la nuclear; el español parece decantarse por el desarrollo de las energías renovables y, al menos de momento, no tiene en sus planes la construcción de nuevas plantas nucleares. De ello nos debemos felicitar, al menos mientras no se solventen dos aspectos de enorme importancia para que la energía nuclear produzca más miedo que beneficio: la seguridad de las mismas y la gestión de los residuos radioactivos.
En España podría haber un gran debate si se optara por aumentar la producción nuclear, si se decidiera emprender una campaña informativa sobre las bondades de esta energía que desde Chernobil nos tiene a todos muy preocupados. Pero no siendo éste el caso, el debate se producirá en ámbitos más reducidos. De él no se harán eco los periódicos, televisiones o emisoras de radios de ámbito nacional. En cada lugar que se pretenda instalar un aerogenerador saltará la polémica y la correspondiente plataforma ciudadana contraria a la misma; en estos lugares cualquier intento por impulsar la energía eólica, por citar una de estas energías limpias, conllevará el correspondiente rechazo ciudadano. Asociaciones de vecinos, ecologistas de la zona, partidos políticos, sin excepción alguna, esgrimirán siempre el mismo mensaje: “Sí a las energías renovables pero no donde se pretenden instalar”. Siempre aparecerá el localismo insolidario, siempre el agravio comparativo, y siempre se formulará la misma pregunta de por qué en este municipio y no en el pueblo de al lado.
Los alcaldes correpondientes continuarán hablando de desarollo sostenible como si de un eslogan se tratara y, en virtud de lo políticamente correcto, lo repetirán hasta vaciar de contenido el concepto de sotenibilidad. En sus cobardías, en sus ignorancias o en sus aspiraciones de volver a ser elegidos preferirán sumarse a estos colectivos de manera entusiasta en virtud de una supuesta defensa del medio ambiente aunque en sus respectivos términos municipales cada día proliferen bloques de edificios, hoteles o apartamentos en los mejores parajes y cada pueblo aspire a su correspondiente campo de golf. Pero el impacto visual, el deterioro del paisaje y el efecto perjudicial parece estar reservado para cuando de instalar aerogeneradores se trate.
Por: Júcaro | Política | Comentarios (0) | Referencias (0)